Luchador. Fernando Napoli es experto en tabaquismo, egresado de la Universidad de Cantabria y a cargo del Departamento de Adicción al Tabaco del Instituto Modelo de Cardiología, pero también tiene una historia familiar que explica su batalla.

fernando napoli

Es muy gratificante para mí poder llegar a ustedes, los lectores, mediante este espacio, en un momento muy particular de mi vida, en el que siento la necesidad imperiosa de ayudar a muchas personas a dejar de fumar, sin sufrimiento, dolor, insomnio, ni incremento significativo de peso.

Desde 1997, cuando comencé con mis primeras investigaciones en el campo de la tabacología, hasta la actualidad, no han dejado de sorprenderme la fortaleza y la determinación de algunas personas para salir, para “zafar” de tamaña adicción.

He ido aprendiendo, hora a hora, día a día, de cada uno de los pacientes fumadores que me ha tocado asistir, descubriendo sus angustias, sus padecimientos, su dolor, su fatiga, sus miedos y hasta disgustos o peleas, sobre todo de tipo familiar e, inclusive, hasta la pérdida de su vida.

Por eso es que considero que dejar de fumar no es sólo tirar el cigarrillo y decir “nunca más”. Es mucho, pero mucho más que eso: es un cambio de paradigma, un verdadero cambio de vida, de objetivos, de rumbo, de brújula, que le permitirá, a quien lo logre, vivir en libertad, mirando hacia adelante, hacia el futuro, sin el temor a enfermarse o morir anticipadamente, es decir, a vivir plenamente… ¡A vivir viviendo!

Escribir acerca de los daños ocasionados por el tabaquismo me llevaría gran parte de este espacio y no es mi principal objetivo. No quiero atemorizarlos ni aburrirlos con lo que seguramente la mayoría de los fumadores ha leído en más de una oportunidad.

Me conformo con que sepan que cada cigarrillo le disminuye en el adicto 14,5 minutos sus expectativa de vida… que felizmente recupera si deja de fumar a tiempo.

También es importante que conozcan que el cigarrillo causa daños directos e indirectos; los directos son los distintos tipos de cáncer de piel, lengua, labios, laringe, pulmón, mama, estómago, próstata, riñón, entre otros, y los indirectos son daños vasculares, respiratorios, digestivos, neurológicos, como cefaleas, pérdida de memoria, hemiplejías, accidentes cerebrovasculares, calambres, parestesia de miembros inferiores, ?várices, gastritis, ulceras gástricas, Epoc, y así podría seguir un par de renglones, pero seguramente más de un fumador dejaría de leer el resto de esta nota.

No quiero olvidarme de mencionar los daños que padecen las personas y las mascotas que conviven con fumadores, los denominados “fumadores pasivos”, o involuntarios quienes, además de soportar el olor fétido y desagradable del humo del tabaco, pueden padecer las mismas enfermedades de los fumadores; de ahí que resulta paradójico que las personas adictas al tabaco, terminen enfermando a sus seres queridos.

Pero no quiero alejarme de la idea principal de este espacio, que es la de transmitirles un mensaje de esperanza de que se puede dejar de fumar, de que se puede ser libre.

Historia de familia. Siempre me resulta difícil hablar de mi propia experiencia con el cigarrillo, pero creo oportuno hacerlo, ya que quizás pueda servir como ejemplo de lo que no debemos hacer. Mis padres fueron grandes fumadores; esto hizo que yo padeciera trastornos respiratorios desde muy pequeño, inclusive con dos eventos graves que casi terminan con mi vida. Luego, lamentablemente mi hermana, de 3 años, falleció como consecuencia de la muerte blanca, la muerte en cuna; este fue el motivo de mi primera investigación en el campo de la tabacología en la OMS, en Ginebra, con lo cual confirmé que existe ?una relación directa de dicha enfermedad con los hijos de fumadores.

No obstante sufrir la pérdida de mi hermana, mis padres siguieron fumando. Claro, era una moda; además, en aquella época, no estaba tan difundido como en la actualidad que el cigarrillo fuera el responsable de los daños que hoy conocemos. Como era de esperar en un hijo de padres fumadores, yo también comencé a probar y, lo que es peor, les compraba y encendía los cigarrillos a mis padres… jugaba con las etiquetas, mientras acompañaba con frecuencia a mi abuelo a un afamado neumonólogo, quien luego sería un gran amigo y ferviente luchador antitabáquico, Bartolomé ?Lungo.

Mis padres seguían fumando; yo, encendiendo sus cigarrillos, hasta que mi mamá, a los 40 años, comenzó a sentirse mal. Yo era pequeño para comprender totalmente lo que le sucedía; sí notaba su tristeza y preocupación. Al poco tiempo la operaron y, a partir de allí, comencé a acompañarla con frecuencia a realizarse quimioterapia y radioterapia. La volvieron a operar y en una de las oportunidades en que la acompañé al Hospital Español, los doctores Meloni, y Bofelli, – aún recuerdo sus nombres –, me pidieron le dijera a mi padre que querían hablar con él.

Fuimos juntos y escuché cuando los médicos le decían: “Hicimos todo lo que se puede hacer”. Un domingo por la tarde –lo recuerdo cada día–, ya internada, me tomó de la mano, me pidió que rezara, que no tuviera miedo y que acompañara a mi padre. Después, cerró sus ojos para siempre.

Tres meses después perdí a mi querido abuelo y a uno de mis tíos (por infarto agudo de miocardio), fumadores ambos. Allí comencé a comprender que fumar no era un juego, sino que era un arma mortal, que tarde o temprano te mata, y que ocasiona una herida difícil de cicatrizar en los que quedamos aquí y que hubiéramos dado cualquier cosa por que dejaran el tabaco.

Producción Periodística: Alejandra Beresovsky – Fuente: LaVoz.com.ar

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