Por Daniel Tangona*

Es el drama de nuestra época. Cuando pareciera que estamos más conectados que nunca, resulta que estamos completamente ajenos a lo que sucede alrededor. Se estima que el 80% de las personas de todo el mundo tienen un smartphone, y el uso promedio es de cinco horas por día, chequeándolo 110 veces diarias. Vemos y percibimos el mundo a través de una pantalla. “Videos, fotos y audios están reemplazando los efectos reales. Un beso pasó a ser un emoticón”, apunta Miguel Cané, gerente general de La Posada del Qenti, un lugar de descanso y reparación desde el que sin duda se lucha contra esta alienación.

Sí, en líneas generales tenemos capacidad de comunicarnos con más personas de las que podríamos en vivo y en directo. Pero ¿realmente nos comunicamos mejor? “Lo que en algún momento supuso un avance tecnológico hoy nos esclaviza. Hemos llegado al punto de crear virtualmente mundos individuales a los que accedemos por la ventana de nuestro teléfono”, sostiene Cané. Así, ese universo comenzó a competir con el verdadero y el 33% de las personas revisan el teléfono en público muchas veces para evadir esa realidad. El peor costado de esta adicción la vemos en los nativos digitales, los jóvenes y adolescentes que nacieron con el celular y hoy lo sienten casi como una extensión de su cuerpo.

Esta dependencia no es gratuita. Tendinitis, dolores en cuello y espalda, síndrome del túnel carpiano, ojo seco, dificultad para respirar, dolores de cabeza, insomnio, estrés, vértigo, fatiga y mala digestión son algunas de las secuelas relacionadas con su mal uso. ¡Hasta nuestra postura está cambiando! Porque usar el teléfono requiere andar con el cuello inclinado hasta los 60°, lo que equivale a llevar 27 kilos sobre la cabeza.

Mi profesional amigo tiene un gran nombre para esto: tecnologinitis. Además de síntomas físicos, esta patología implica peligrosas conductas sociales. “La dependencia de las redes genera una ansiedad comparable a la que sufren algunos adictos a las drogas”. Afecciones como la nomofobia, el terror irracional a no tener el teléfono cerca, o fomofobia, el miedo a perderse de algo que pueda estar sucediendo, son moneda corriente. También lo son los problemas de pareja y la ruptura del vínculo familiar. “Este nuevo hábito disrumpe la soledad, amputa la posibilidad de estar solos, de aburrirnos”, dispara Cané. Está disminuyendo la capacidad creativa, al igual que nuestros razonamientos más lógicos (¿quién necesita orientarse cuando tenemos un GPS?, ¿quién necesita guardar un recuerdo en la memoria cuando podemos sacar 53 fotos?). El dilema es que, según el principio de evolución, se irán adoptando nuevas habilidades que hagan falta y descartando las que no se utilicen. “Imagino un futuro de seres humanos con ojos enormes, pulgares largos y cerebro chiquito”, sintetiza. La sola imagen aterroriza. ¿Estamos dispuestos a volver a conectarnos con nosotros mismos y los que nos rodean y frenar esta avalancha?

*Inst. Daniel Tangona – Personal trainer

Entrenador Personal Certificado por – NCSF-NCCA –

Universidad de Miami

Fuente: lanacion.com.ar