¿Cómo influye la nutrición en el envejecimiento?

¿Cómo influye la nutrición en el envejecimiento?

En numerosas ocasiones se habla de envejecimiento como un proceso inevitable, sildenafil intrínsecamente ligado al deterioro físico y desvinculado de los hábitos diarios que las personas mantienen desde su juventud. Sin embargo, pill estudios científicos revelaron que en ello reside el gran error: los hábitos condicionan el modo de envejecer.

En la actualidad, cheapest las terapias y tratamientos antienvejecimiento han invadido los espacios. A pesar de su comprobada eficacia, numerosas organizaciones y centros médicos han comenzado la cruzada de concientizar a la población acerca de la importancia de implementar rutinas y hábitos saludables durante toda la vida para cambiar el modo en que se enfrenta el paso del tiempo. La importancia de ejercitar el cuerpo, de evitar situaciones de estrés y de alimentarse correctamente, son algunas de las informaciones más difundidas al respecto.

La nutrición tiene un papel fundamental en el modo en que el cuerpo envejece. A pesar de que su impacto parezca menor, es en realidad uno de los factores cruciales en relación al envejecimiento.

Estudios científicos revelaron que la ingesta adecuada de nutrientes y sustancias orgánicas, ayuda al cuerpo a mantener estables sus funciones fisiológicas, a conservar sus tejidos y favorece la regeneración de las células. Las frutas y hortalizas son una fuente importante de vitaminas y antioxidantes, sustancia que evita la formación de radicales libres. Estos últimos son conocidos por favorecer la oxidación de los tejidos y acelerar el deterioro de los órganos, acrecentando los signos del envejecimiento. Los radicales libres provocan daños celulares que favorecen el desarrollo de enfermedades como el cáncer.

Del mismo modo, la ingesta de cereales y legumbres, ayuda al cuerpo a conservar la elasticidad y flexibilidad de sus músculos. Aportan fibra y antioxidantes que contribuyen a combatir el deterioro celular.

Como contrapartida, se ha comprobado los efectos nocivos de la ingesta excesiva de grasas y frituras. Las grasas, presentes en comidas rápidas por ejemplo, contribuyen al aumento del colesterol, incrementando el riesgo de accidentes cardiovasculares. Además favorecen la obesidad, enfermedad que conlleva una progresiva pérdida de las funciones fisiológicas del cuerpo.

La nutrición tiene un rol crucial en el envejecimiento, determinando las condiciones en que éste se manifestará. Una nutrición adecuada, balanceada y rica en antioxidantes es la clave para enfrentar con salud el paso del tiempo

Fuente: www.linfar.com

 

Las industrias que amenazan nuestra Salud

Las industrias que amenazan nuestra Salud

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Existen 2 grandes industrias, ask lideradas por grandes corporaciones (salvo pocas excepciones), que en formas diversas afectan nuestra salud. Por su fuerza económica y poderío mediático, estas industrias provocan gran cantidad de enfermedades y patologías, ya sea de forma directa y evidente o de forma sutil e inadvertida.

Ambas se presentan camufladas con un cuidadoso maquillaje, aparentando formas amigables y emparentadas a la salud: una es la Industria Alimentaria, y otra la Industria Farmacéutica.

Las empresas más importantes del mundo ( 1%), migraron a la alimentación y entre ellas controlan el 40% del consumo total del mundo.

En nuestra vida diaria, es innegable el avance de ambas, y solo basta con mirar en nuestras alacenas, y encontraremos una enorme cantidad de productos industrializados, y en nuestros botiquines remedios que intuimos como sanos y beneficiosos por el hecho de ser de “venta libre”.

Podemos ver muchos casos en donde la industria alimentaria, movida principalmente por las grandes Corporaciones, se ve nutrida de capitales de diversas índoles, pero en países como EEUU, se valen de fondos que provienen de la industria tabacalera, la cual provocó, y aún provoca, gran cantidad de muertes en el mundo. La falta de criterios basados en la vida saludable, y en muchos casos, la falta de ética, suelen ser denominadores comunes asociados a estos capitales.

Es fácil ver en las publicidades, que se ponen de manifiesto aspectos positivos de los productos, con producciones cinematográficas y tecnologías digitales, que captan la atención de nuestros niños y mayores; generando expectativas desmedidas, o asociando valores que nada tienen que ver con el producto ofrecido, y en algunas ocasiones hasta falseando verdad o escondiendo aspecto negativos. Como por ejemplo avalando que los niños crecerán mejor si consumen ciertos postres o suplementos y no inculcando la alimentación saludable; o relacionado una “buena familia” al consumo de ciertas bebidas, como si existiera relación alguna, solo por nombrar algunos casos.

Los alimentos industrializados, a diferencia de los naturales, son los que han sido procesados de diversas maneras, para elaborar productos que permanezcan en buen estado de conservación, aún después de un tiempo de ser producidos.

El “moderno estilo alimentario industrializado”, genera en muchos individuos, las bases de un desorden sistémico que altera negativamente nuestra función metabólica y a todo el organismo en general. El procesamiento industrial afecta sustancialmente a los alimentos, privándolos de nutrientes fundamentales y agregando sustancias indeseables, siendo la fibra alimentaria una de las víctimas principales en los procesos industriales.

En el año 1900 las causas de muerte en EEUU eran en orden de importancia: Tuberculosis, Neumonía, enfermedades diarreicas, cardíacas, hepáticas, cáncer, bronquitis, y difteria. 100 años más tarde, con la introducción de los alimentos industrializados con azúcares, edulcorantes, sales, conservantes, antibióticos, colorantes y toda una serie de químicos; incluso en algunos casos adictivos; sumado a la proliferación de comidas rápidas, han alterado junto a otros factores el orden de importancia de las causas de muerte. Hoy el orden es: enfermedades cardíacas, cáncer, enfermedades pulmonares, accidentes, diabetes, suicidios, afecciones renales y hepáticas. Estas enfermedades tienen, en muchos casos, un denominador común: la mala alimentación y el sedentarismo.

Lo mismo pasa con la industria farmacéutica, la cual experimenta cada vez más con nuevas drogas con el afán de “mejorar nuestro organismo”. No podemos ser hipócritas, ni negar que muchos fármacos han ayudado de manera enorme a la salud, y a la longevidad. Pero la falta de controles, el consumo y venta desmedido (en muchos casos de medicamentos sin sus respectivas recetas), el acceso masivo a “medicamentos de venta libre” que provocan automedicación alarmante, y los incentivos a médicos por parte de laboratorios para recetar cada vez más remedios, son algunas de las cosas que están opacando los avances de esta industria, y nos llevan al borde de la famosa frase: “Peor el remedio que la enfermedad”.

Luego de 18 años habiendo recibido más de 15.000 huéspedes de todo el país y del extranjero, podemos afirmar que lo que exponemos precedentemente es lamentablemente cierto.

Dr. Christian Leiva – Director Médico – La Posada del Qenti – www.qenti.com

Ese maldito cigarrillo

Ese maldito cigarrillo

Luchador. Fernando Napoli es experto en tabaquismo, egresado de la Universidad de Cantabria y a cargo del Departamento de Adicción al Tabaco del Instituto Modelo de Cardiología, pero también tiene una historia familiar que explica su batalla.

fernando napoli

Es muy gratificante para mí poder llegar a ustedes, los lectores, mediante este espacio, en un momento muy particular de mi vida, en el que siento la necesidad imperiosa de ayudar a muchas personas a dejar de fumar, sin sufrimiento, dolor, insomnio, ni incremento significativo de peso.

Desde 1997, cuando comencé con mis primeras investigaciones en el campo de la tabacología, hasta la actualidad, no han dejado de sorprenderme la fortaleza y la determinación de algunas personas para salir, para “zafar” de tamaña adicción.

He ido aprendiendo, hora a hora, día a día, de cada uno de los pacientes fumadores que me ha tocado asistir, descubriendo sus angustias, sus padecimientos, su dolor, su fatiga, sus miedos y hasta disgustos o peleas, sobre todo de tipo familiar e, inclusive, hasta la pérdida de su vida.

Por eso es que considero que dejar de fumar no es sólo tirar el cigarrillo y decir “nunca más”. Es mucho, pero mucho más que eso: es un cambio de paradigma, un verdadero cambio de vida, de objetivos, de rumbo, de brújula, que le permitirá, a quien lo logre, vivir en libertad, mirando hacia adelante, hacia el futuro, sin el temor a enfermarse o morir anticipadamente, es decir, a vivir plenamente… ¡A vivir viviendo!

Escribir acerca de los daños ocasionados por el tabaquismo me llevaría gran parte de este espacio y no es mi principal objetivo. No quiero atemorizarlos ni aburrirlos con lo que seguramente la mayoría de los fumadores ha leído en más de una oportunidad.

Me conformo con que sepan que cada cigarrillo le disminuye en el adicto 14,5 minutos sus expectativa de vida… que felizmente recupera si deja de fumar a tiempo.

También es importante que conozcan que el cigarrillo causa daños directos e indirectos; los directos son los distintos tipos de cáncer de piel, lengua, labios, laringe, pulmón, mama, estómago, próstata, riñón, entre otros, y los indirectos son daños vasculares, respiratorios, digestivos, neurológicos, como cefaleas, pérdida de memoria, hemiplejías, accidentes cerebrovasculares, calambres, parestesia de miembros inferiores, ?várices, gastritis, ulceras gástricas, Epoc, y así podría seguir un par de renglones, pero seguramente más de un fumador dejaría de leer el resto de esta nota.

No quiero olvidarme de mencionar los daños que padecen las personas y las mascotas que conviven con fumadores, los denominados “fumadores pasivos”, o involuntarios quienes, además de soportar el olor fétido y desagradable del humo del tabaco, pueden padecer las mismas enfermedades de los fumadores; de ahí que resulta paradójico que las personas adictas al tabaco, terminen enfermando a sus seres queridos.

Pero no quiero alejarme de la idea principal de este espacio, que es la de transmitirles un mensaje de esperanza de que se puede dejar de fumar, de que se puede ser libre.

Historia de familia. Siempre me resulta difícil hablar de mi propia experiencia con el cigarrillo, pero creo oportuno hacerlo, ya que quizás pueda servir como ejemplo de lo que no debemos hacer. Mis padres fueron grandes fumadores; esto hizo que yo padeciera trastornos respiratorios desde muy pequeño, inclusive con dos eventos graves que casi terminan con mi vida. Luego, lamentablemente mi hermana, de 3 años, falleció como consecuencia de la muerte blanca, la muerte en cuna; este fue el motivo de mi primera investigación en el campo de la tabacología en la OMS, en Ginebra, con lo cual confirmé que existe ?una relación directa de dicha enfermedad con los hijos de fumadores.

No obstante sufrir la pérdida de mi hermana, mis padres siguieron fumando. Claro, era una moda; además, en aquella época, no estaba tan difundido como en la actualidad que el cigarrillo fuera el responsable de los daños que hoy conocemos. Como era de esperar en un hijo de padres fumadores, yo también comencé a probar y, lo que es peor, les compraba y encendía los cigarrillos a mis padres… jugaba con las etiquetas, mientras acompañaba con frecuencia a mi abuelo a un afamado neumonólogo, quien luego sería un gran amigo y ferviente luchador antitabáquico, Bartolomé ?Lungo.

Mis padres seguían fumando; yo, encendiendo sus cigarrillos, hasta que mi mamá, a los 40 años, comenzó a sentirse mal. Yo era pequeño para comprender totalmente lo que le sucedía; sí notaba su tristeza y preocupación. Al poco tiempo la operaron y, a partir de allí, comencé a acompañarla con frecuencia a realizarse quimioterapia y radioterapia. La volvieron a operar y en una de las oportunidades en que la acompañé al Hospital Español, los doctores Meloni, y Bofelli, – aún recuerdo sus nombres –, me pidieron le dijera a mi padre que querían hablar con él.

Fuimos juntos y escuché cuando los médicos le decían: “Hicimos todo lo que se puede hacer”. Un domingo por la tarde –lo recuerdo cada día–, ya internada, me tomó de la mano, me pidió que rezara, que no tuviera miedo y que acompañara a mi padre. Después, cerró sus ojos para siempre.

Tres meses después perdí a mi querido abuelo y a uno de mis tíos (por infarto agudo de miocardio), fumadores ambos. Allí comencé a comprender que fumar no era un juego, sino que era un arma mortal, que tarde o temprano te mata, y que ocasiona una herida difícil de cicatrizar en los que quedamos aquí y que hubiéramos dado cualquier cosa por que dejaran el tabaco.

Producción Periodística: Alejandra Beresovsky – Fuente: LaVoz.com.ar

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